lunes, 1 de mayo de 2017

A lo Mick Jagger

Por Fernando Luis Rojas

1.

Advierto. Esto no es sobre música. Después que Rafa González puso a un disparo de distancia a The Rolling Stones no me atrevo. Cuando los socios escriben, y lo hacen bien, hay que callar. El asunto es que un amigo viejo –o no tanto– que podría ser mi padre, un amante de los Rolling que anda ahora por un hospital habanero, dijo una vez que Mick Jagger en el escenario era “una mezcla de ardilla con mono”.

Aquí en El Salvador me encontré un tipo de esa misma especie, con treinta años menos. Sus cercanos le dicen “El Loco” y se llama Salvador Caridad de las Mercedes Santos. No es jodedera… ¿O sí? Condujo una moto hasta que se le abrió la cabeza. ¿El codazo de Marcelo a Messi? Eso es cosa de niños. “El Loco” salió apretando un pañuelo en la frente, no por la sangre –aunque también– sino para unirse la piel quebrada. Ahora se ríe, y se toca con la yema de los dedos la cicatriz, como si fuera un reservorio nuevo para el Lempa contaminado.

Era de esperar. Acá las motos vencen la inercia del tráfico horrible. Se cuelan en espacios pequeños, superan los “tranques” aumentando velocidad y rodando –como equilibristas– sobre la doble línea amarilla. Los motociclistas se visten como en Matrix y dan la idea que corren hacia alguna cabina, que huyen del agente Smith. A veces andan en grupos. Y a veces me recuerdan Santiago de Cuba, cuando cinco motos –a manera de taxi de diez ruedas– llevan en caravana a una familia.

De aquel accidente quedan la cicatriz y el mito. Aquel accidente no causó la locura, el cruce de ardilla con mono. Eso parece genético. Me han dicho que su hijo es una versión en miniatura de la especie: al año y medio apilaba palos, a los dos montaba en una vaca, a los tres se lanzaba a un espejo de agua desde una altura de varios metros.

Con Salvador Caridad de las Mercedes Santos hablé mucho, salí tres veces y bebí dos. Un día fuimos a un bar metalero, “El Medieval”. Empezamos temprano ese día, había poca gente y nos acomodamos en el amplio portal que es privilegio de los locales que hacen esquina. El mesero me creyó salvadoreño, chalateco para más señas y me habló “en salvadoreño”. ¡Y yo pensaba que en cuatro meses conocía las palabras propias e irrepetibles de este lugar! Salvador se lanzó a reír, y para joder me contó –incluyendo comas, puntos, guiones y comillas– el Semos malos de Salarrué. Volví a quedarme en China [o en Cuba].

Comenzamos temprano ese día, pero acabamos tarde. Yo fui cien veces al baño, para variar. Había una banda, cambiamos de mesa para escucharla y el drum me quedó a un metro. Me dolió el oído y le dije que íbamos a perderlo, igual que el hígado. Me respondió que el hígado no importaba, pero el oído sí, para escuchar cuando el hígado empezara a fallar.

Otra de las salidas fue de trabajo. Halamos troncos por una rampa empinada de medio kilómetro. Puro monte. Llevamos cada pedazo de madera –buena y pesada– entre dos. Afinqué bien las piernas y salí con impulso… Me alcanzó trescientos metros. Busqué una piedra, bebí medio litro de agua y sentí temblar las rodillas. Confié en que veinte minutos me permitirían recuperar fuerzas. No tuve esos minutos. “El Loco” buscó el centro del palo, se lo echó al hombro y empezó a caminar, más rápido que antes. Parecía correr. Y yo en la piedra actualizaba la especie: al mono y a la ardilla, a Mick Jagger, tendría que agregarle el oso.

En esos momentos, cuando los árboles ya lo ocultaban, me trasladé a La Habana. A las especies de La Habana.

2.

Advierto. Esto tampoco es sobre zoología.

Mi amigo cubano no es ardilla, y menos oso. Vendría a ser, digamos, un perezoso. O un lagarto perezoso. Él ama a una muchacha del centro del país.

No repite especies, es único. No tengo referentes. Lo recuerdo en la universidad cuando usaba –como corresponde a un lagarto– una gorra verde y a mí se me perdía entre los extranjeros tan politizados de la UH. Me pareció, cuando no le había hablado, el más “yuma” de los “yumas”. Lo creía extranjero. Sí, “extranjero”, para no caer en esa paja de decirles “cubanos no nacidos en Cuba”. ¿A ver si no tiene más valor que no sean cubanos y la quieran bien?

No sé su nombre. Responde a varios heterónimos, como lo hizo Pessoa. Lo he llamado Liev, Rosa [Luxemburgo] y a veces –sin que él se entere– lo he apellidado Bakunin. En algún momento lo pensé un lobo estepario, pero ya no: ama a una muchacha del centro del país.

No recuerdo haber bebido con él. Creo que no es “bueno” para eso. Tampoco es bueno para cargar troncos. Tiene una memoria especial y un corazón grande. Es genial despertando pasiones, deseas canonizarlo o matarlo con diferencia de segundos. Publica cosas lindas y no encuentras “la reacción” adecuada en facebook. A veces pone cosas locas, y quieres negarle likes o reacciones que te devuelvan el post, que lo hagan recurrente.

Viajamos a Santiago de Cuba una vez y el tipo me dejó embarcado por ir al Cobre. Lo critiqué [yo quería ir y tuve que cubrirlo]. Lo entendí [he ido cinco veces]. Frente al Palacio de Justicia, cerquita del Moncada, hay –o había entonces– una fuente nueva. Nos pareció un exceso ante tanta sequía, pero la cruzamos. No tuve problemas, soy bajito; a él se le empapó la gorra.

No habla “salvadoreño”, pero a veces tampoco habla “cubano”. No se ríe, se preocupa porque no le entienda y, serio, me lanza un poema de Guillén. A él le gustan los Rolling Stones, pero considera un pecado lo que dice mi amigo viejo de Mick Jagger.

A él le gustan los Rolling, a mi no tanto; pero deseo compartir un concierto con “El Loco” y “El Lagarto”. Salvador y yo beberíamos cervezas; Liev exploraría las conexiones marxistas de Jagger.